Ser sustentable no es más caro
Una de las aristas de los problemas relacionados con el cambio climático se encuentra en nuestros hábitos de consumo y capacidad económica.
Parte importante de la población considera que consumir productos con menor impacto negativo al medio ambiente o que puedan generarse de manera sustentable tiene un costo mayor, por lo que prevalece en la mayoría de la gente la idea de que lo ecológico es más caro.
Esta premisa suele ser falsa. Si bien productos como los focos ahorradores y los calentadores solares tienen un costo inicial más elevado en comparación con los altamente ineficientes focos incandescentes y los calentadores de gas tradicionales, a la larga su costo resulta más bajo debido a los ahorros de energía que redundan en beneficios monetarios directos a la economía familiar, derivados de usar una tecnología más eficiente y limpia.
El gran reto de los diversos actores económicos es y ha sido siempre lograr que productos de menor impacto ambiental tengan precios similares a los de productos tradicionales que generan mayores impactos. Sin embargo, el desafío sigue siendo enorme, pues en ocasiones es también muy difícil medir tangiblemente esos beneficios, así como encontrar maneras prácticas de ahorrar energía o evitar la contaminación.
Por otro lado, hay fabricantes que en definitiva no han logrado hacer atractivo un producto sustentable, pues sus precios no son competitivos, especialmente en un mercado de compradores muy renuentes al cambio y ávidos de mantener la acostumbrada comodidad que no implica apostar por empresas y tecnologías desconocidas. Tal es el caso de los automóviles híbridos que actualmente tienen un precio mucho más elevado que los tradicionales y aún presentan importantes deficiencias en el desempeño y prestaciones del vehículo.
Sin embargo, las estrategias de solución pueden ser multifactoriales, por ejemplo, ante un costo inicial muy alto se puede informar al consumidor de los ahorros esperados a futuro, o bien de la existencia de esquemas de financiamiento que le permitan absorber a otra entidad el gasto que el consumidor no puede realizar de momento, puesto que hay varios organismos que promueven el reemplazo de los focos incandescentes por ahorradores, recuperándose dicha inversión con las ganancias generadas por una mayor eficiencia en el uso de la energía eléctrica.
Otro gran mito que se deriva de lo anterior es que las personas con menor ingreso tampoco tienen muchas alternativas y que los pobres no pueden ser ecológicamente conscientes, pues tienen otras prioridades qué atender antes que la sustentabilidad. La realidad es que pueden encontrarse muchísimas opciones para que su aportación al cuidado del medio ambiente se patrocine indirectamente a través de proyectos ecológicos y/o sustentables.
Por ejemplo, existen empresas que le otorgan al consumidor la posibilidad de “neutralizar” el daño al medio ambiente generado por el uso de sus productos como un boleto de avión, un empaque plástico o un automóvil. Para ello, la empresa cobra un cargo extra destinado a un programa de reforestación, compra de bonos de carbono, inversión en desarrollo de tecnologías limpias, entre otros.
A modelo de esa iniciativa, se podría promover la existencia de medidas fiscales que cobren a los que más contaminan bajo el principio “el que contamina paga”, y generar así un incentivo para optar por modelos de producción sustentables.
En este espacio hemos promovido la revolución de las conciencias, el cambio de actitudes y un mayor compromiso con el medio ambiente. No obstante, el mercado se rige por reglas diferentes. Como consumidor se pueden tener las mejores intenciones por aliviar la situación ambiental, pero si los precios no son atractivos o simplemente inalcanzables para nuestro presupuesto, nos inclinaremos por la opción más viable económicamente.
El cambio, en este caso, no sólo se logra a través de buenas intenciones, sino que puede ser forzado e incentivado a través de herramientas de mercado que hagan más fácil la adquisición de bienes ecológicos, así como por un cambio en el diseño institucional que incentive a las personas a modificar sus hábito de consumo, lo que requiere de un ciudadano mejor informado y consciente, así como de empresas más innovadoras y creativas, pero también de bancos y gobiernos preocupados por financiar el desarrollo de nuevas tecnologías, sin olvidar adecuadas campañas mediáticas que difundan al gran público la existencia de nuevos productos con menores impactos ambientales.
Cuando los cambios no parecen estar ocurriendo al ritmo que las circunstancias ameritan, gobierno y mercado pueden y deben promover la aceleración de los mismos. Todos elegimos gobiernos y elegimos productos, la opción es siempre nuestra.
Consejo de la semana: Cuando vayas de compras, busca entre las diferentes opciones que el artículo que deseas presente características amigables al ambiente y compara precios entre productos iguales o similares que no las tengan, y si el precio es parecido, elige el que posea características de sustentabilidad y así apoyarás estas iniciativas innovadoras.
Para la próxima semana: ¿La energía nuclear es segura?